Carolina V�squez Araya
Diario Prensa Libre, 24-IV-2006
� Entre las expresiones coloquiales de los j�venes, �sta es una de las que mejor refleja lo que muchas personas piensan sobre ciertas instituciones.
Viene la ley. Est� lista para su publicaci�n en el Diario Oficial y mientras unos se afanan por encontrar motivos para detenerla, otros urgen a las autoridades acelerar el proceso y ponerla en vigencia.
Sin embargo, como toda conquista social, �sta parece ser otro eslab�n de la cadena de hitos satanizados por quienes se oponen a todo avance en la escala de los derechos humanos pero, sobre todo y muy espec�ficamente, aquellos referentes a la situaci�n y derechos de las mujeres.
Desde el uso de interpretaciones antojadizas de textos antiguos que colocan a la mujer en posici�n de total subordinaci�n al hombre, hasta la mentira descarada al distorsionar el esp�ritu de la ley, las instituciones religiosas, secundadas por grupos ultra conservadores, han intentado bloquear cualquier avance en este tema.
�Cu�l es el miedo de poner al alcance de las familias guatemaltecas la informaci�n y los m�todos para planificar los embarazos y evitar as� tanta muerte innecesaria? �De veras creen los l�deres religiosos que las mujeres somos tan torpes y est�pidas como para usar el aborto como medio de control de la natalidad? El argumento de que la educaci�n sexual y reproductiva transformar� a los adolescentes en peque�os s�tiros fren�ticos por practicar el sexo, �es producto del miedo enfermizo a los alcances de un pueblo informado?
No hay duda de que a los grupos religiosos los mueve el miedo, pero probablemente el miedo a perder el poder que les otorga la ignorancia y la superstici�n de una poblaci�n a la cual se le ha negado el derecho a la educaci�n, con el objetivo de cumplir una estrategia netamente pol�tica de control social.
Lo mismo sucedi� cuando se plante� la necesidad de otorgar a la mujer el derecho al voto. Los argumentos no fueron tan distintos: que la mujer no ten�a la capacidad para decidir; que la mujer deb�a someterse a la autoridad de su c�nyuge en asuntos que le eran ajenos (como la pol�tica); que la mujer no sabr�a ejercer un voto consciente porque no es un ser racional, sino se deja guiar por las emociones. Todo un poema.
En suma, la ley de planificaci�n familiar y sus posibles repercusiones en la disminuci�n de embarazos no deseados, menor contagio de enfermedades de transmisi�n sexual, un mayor control de la salud materna, la reducci�n de abortos clandestinos y las muertes que �stos provocan, no constituyen razones de peso para las doctrinas religiosas que prefieren una sociedad de mujeres sometidas a la ignorancia respecto a sus derechos, una mayor�a de j�venes incapaces de comprender ni planificar su capacidad reproductiva y a un pa�s en v�a directa hacia la cat�strofe demogr�fica..


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